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Messi no tuvo su mejor tarde ante el Leganés

Martín Onti: Hulk y Toby

BARCELONA, España.- Hulk es un perro de dimensiones importantes, un gran Dogo de Burdeos que Antonella Rocuzzo le regalara tiempo atrás a Lionel Messi. En cambio Toby, es un pequeño caniche que completa la dupla que desde hace un buen tiempo habita en la residencia de los Messi-Rocuzzo, en la localidad de Castelldefels, a las afueras de Barcelona, en un sitio tranquilo que acarician las aguas del Mar Mediterráneo.

Me imagino, sólo para justificar mi desconcierto mental cuando veo partidos como el que Messi jugó en Leganés, que tanto Hulk como Toby deberían ser el refugio de los pensamientos del ‘10’ azulgrana, cuando tras encuentros como el que protagonizó en Butarque llega a casa con esa frustración que, asumo, debe sentir alguien cuando no hace bien su trabajo, ese por el que le pagan una fortuna y declina de ejecutar como debiera.

En fin, que no es la primera vez que Lionel Messi salta a un terreno de juego y se ausenta del mismo sin permiso del aficionado, al que en el fondo se debe. No tendría que sorprenderme el hecho de su mutismo futbolístico, con apenas presencia física y disfraz de fantasma, conociendo la permisividad que el mismo cuerpo técnico le otorga a la espera que en un iluminado momento frote la lámpara de la genialidad y defina una situación a favor del Barcelona, o de la Selección Argentina cuando juega para su país.

Para explicármelo, trato de pensar imaginariamente en una gestión obligatoria que cualquier persona con un don particular de capacidad innata, debe asumir con la responsabilidad de administrar una entrega de obligación moral -si la queremos acotar sentimentalmente- para realizar una tarea que le es menester cumplir sin sentir que ha fracasado.

Busco analíticamente, en el caso de Messi, motivos que me lleven a entender el centro del problema en que se transforma esa pasividad de entrega laboral -que  es lo que significa en el fondo jugar para una institución que paga en calidad de empleador a sus empleados- y la tolerancia permisiva de Ernesto Valverde, en este caso, para sostener a un jugador que decide faltar sin aviso previo a su debido compromiso.

Conocemos y aceptamos, a esta altura de las circunstancias, ese destierro presencial a que nos ha ido acostumbrado Lionel Messi en algunas presentaciones, asumiendo que por más carencia participativa que tenga en un partido, siempre le esperaremos al próximo para que retorne de ese paraíso desconocido al que se escabulle cada tanto y que quizás sólo Hulk y Toby conocen.

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